Descubriendo Irán. La visita de mi hermano.

Por: Eduardo Tajuelo

¿Te vas a Irán? ¿Dónde está eso? ¿Qué vas a hacer allí? ¿No es peligroso? ¿Vas a montar en camello? ¿Necesitas guardaespaldas?…  Estas fueron algunas de las preguntas a las que me vi interrogado cuando comuniqué a mi grupo de amigos y conocidos que me disponía a emprender un viaje a Irán. Pues bien, no seré yo quien se atreva a criticarles, sino que en cierto modo he de reconocer que yo hubiese planteado más o menos los mismos interrogantes unos meses antes, cuando mi desconocimiento sobre este país, el antiguo imperio Persa, era total.

Desde que allá por el mes de octubre de 2012 Fernando, mi hermano y de aquí en adelante Quijote Persa, emprendiese su aventura, muchas veces  rondó por mi cabeza la idea de visitar aquellas lejanas tierras de Oriente Medio. Pero no fue hasta un año después, la tarde del 12 de noviembre del 2013 cuando, con un solo clic y una gran ilusión, me decidí a hacer efectiva la compra del billete de avión. Unos días más tarde el visado estaba preparado. ¡Ya solo quedaba esperar al día 6 de diciembre!

Lo cierto es que soy una persona que ha tenido la oportunidad de viajar bastante y conocer nuevos países, culturas y costumbres, pero casi siempre dentro del continente europeo. Pero esta vez el reto era mayor, un viaje hacia algo totalmente desconocido y donde no tenía la más mínima idea de qué me encontraría (más allá de lo leído en este blog).

Pues bien, llegó el gran día. Vuelo desde Barcelona hasta Teherán vía Estambul con Pegasus Airlines, una compañía low cost turca. Tras los trámites administrativos para conseguir mi visado en el aeropuerto y casi una hora de espera para pasar el control de pasaporte, se produce el ansiado encuentro con Quijote Persa a eso de las 4.30 am. Antes de salir del aeropuerto para alcanzar la ciudad, me dispongo a ir al baño. Puedo decir que esta fue la primera vez que fui totalmente consciente que me encontraba a miles de kilómetros de casa. También me di cuenta de que en los siguientes siete días ir al baño se convertiría en un ejercicio de sentadilla profunda en el que fortalecer cuádriceps e isquios, ¡menos mal que soy de INEF!

Abandonamos la terminal del aeropuerto y cogemos un taxi, previa negociación con los taxistas iraníes. No puedo disimular lo impresionado que me quedé al verle hablando en farsi, no daba crédito del nivel de fluidez y la facilidad para entablar una conversación. Los cuarenta y cinco minutos de trayecto en el taxi fueron una primera toma de contacto con la música local, la afición a las luces de neón, pero sobre todo con la conducción de los iraníes, incluso en horas nocturnas en las que no hay tráfico, la sensación de inseguridad a bordo de un coche es brutal, llegando en algunos momentos a temer por tu integridad física.

En torno a las 5.30 am del sábado llegábamos al piso, localizado en un barrio acomodado del norte de la capital. Dejamos el equipaje y a descansar un poco.

Tras unas horas de descanso, amanece el primer día en Irán. Es sábado, día de trabajo para cualquier iraní, excepto para trabajadores de embajadas, oficinas comerciales y otras, donde sus días libres son el viernes y sábado. Desayuno rápido y, junto con Manu, compi de piso y de aquí en adelante aghaye Manu, nos disponemos a descubrir la esencia de Teherán.

En taxi nos dirigimos hasta el centro de la ciudad, previo paso por la estación de bus para comprar los billetes a Isfahán, con intención de visitar el Museo Nacional. No hay una terapia de choque mejor para hacerse una idea de lo que es el tráfico en Irán. Es un absoluto caos, semáforos los menos, y los cruces se convierten en una jungla donde el más fuerte sale victorioso. Cruzar la calle es toda una aventura, sintiéndote por  un momento un recortador, siendo los vehículos a motor vaquillas a las que hacer un quiebro. Ver a cuatro personas en una moto no deja de ser algo habitual, y esquivarlas  mientras caminas por la acera, de obligada necesidad.

Tras un breve paso por el Museo Nacional, nos dirigimos a degustar la comida típica iraní en un restaurante tradicional. Para llegar hasta allí, hacemos uso del transporte público y, sí, ¡¡hay metro en Teherán!! Tras una sola parada nos bajamos y caminamos hasta el restaurante. En la entrada tanto a Quijote Persa como a aghaye Manu los saludan con gran efusividad, resulta que son buenos amigos del dueño del restaurante, y somos todos bienvenidos a disfrutar de una comida típica. Lo primero que me llamó la atención al entrar al restaurante fue ver a todo el mundo en grupo fumando shisha (geliun en persa) y tomando el tradicional té iraní.

Dejándome aconsejar por mis dos acompañantes, pedimos una sopa de pollo bastante consistente para abrir boca y después, el tradicional kebab iraní de cordero y pollo  acompañado siempre por arroz. Para el postre se unió a nosotros Sergio, el segundo de los compañeros de piso.  Así pude disfrutar del típico té y fumar shisha, convirtiéndonos en unos iraníes más. He de reconocer que la comida estaba buenísima, y en especial el kebab de cordero. Al final se alargó la tarde y cuando salimos del local, la noche había caído sobre Teherán.

A a las 2 am teníamos el bus hasta Isfahán, así que preparamos las mochilas y en taxi nos dirigimos a la estación de bus. Nos espera un viaje de 5 horas para llegar hasta Isfahán. Situada a unos 350 kilómetros al sur de Teherán, es la tercera ciudad más grande del país con más de 1.500.000 habitantes, y una de las ciudades más “turísticas”. El viaje no se hizo muy pesado, ya que si por algo destacan los viajes en bus es por su comodidad, con amplios asientos y catering incluido en el precio, que por cierto no superó los 8€ ida y vuelta.

Llegamos a Isfahán con los primeros rayos de sol, en torno a las 7 am. Tras un desayuno consistente basado en una especie de tortilla con tomate y típico pan iraní, nos disponemos a visitar esta ciudad. De nuevo, y debido a las dimensiones de la ciudad, tenemos la necesidad de desplazarnos en taxi. Llegamos hasta el principal atractivo turístico de la ciudad, la plaza de Naghsh-i Jahan, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y rodeada por un bazar donde encontrar desde artesanía típica iraní hasta ropa, pasando por especias para cocinar. También puedes encontrar carros a caballo, donde dar una vuelta a la monumental plaza. La plaza es enorme y la primera impresión es impactante, de hecho es la segunda mayor del mundo.

Además, en  la ciudad se  encuentran  una gran variedad de edificios y muestras  de arquitectura islámica. Mezquitas y puentes que nos deleitaron y nos dieron la oportunidad de conocer un poco más sobre esta cultura. También aprovechamos la visita a Isfahán para comprar algunos suvenires en el Bazar y, como no podía ser de otra manera, hacer una degustación de la comida típica.

En esta ciudad se puede apreciar la existencia de un pensamiento más conservador y, digamos, menos abierto en comparación a Teherán, visible en la vestimenta de las mujeres, la mayoría vistiendo el típico chador. A parte de esto, es más difícil pasar desapercibido como turista.

Para terminar el día en Isfahán y antes de coger el bus de vuelta a Teherán, nos dirigimos hasta la montaña donde pudimos observar la ciudad desde lo más alto haciendo uso del telecabina. Una vez arriba, y para no perder la costumbre iraní, nos tomamos un té a la vez que fumamos shisha (Geliun). Una de las cosas que me chocó es ver la cantidad de gente que subía andando, aprovechando las rutas que había para realizar senderismo y disfrutando de un día en familia. Incluso las parejitas se permitían darse de la mano y algún que otro abrazo, cosa menos vista en plena ciudad.

 La noche cayó sobre Isfahán y nos dispusimos a coger el telecabina de vuelta a la ciudad, ya que a las 8 pm teníamos el bus de vuelta a Teherán. A eso de las 3 am llegábamos al piso de Teherán sin ningún imprevisto, aunque bastante agotados. Habían sido 24 horas de viaje exprés, pero, sin lugar a ningún tipo de duda, valió la pena.

 Los siguientes días los pasaríamos por Teherán, realizando multitud de actividades, y también preparando para la Farewell Party de los que se habían convertido en mis compañeros de piso por una semana, inseparables escuderos e inmejorables guías para un novato por tierras persas.  Tuve la oportunidad de visitar la oficina comercial de España, lugar de trabajo durante estos meses de estos tres valientes aventureros españoles. Nos reunimos en alguna ocasión con otros españoles que están viviendo en Teherán, así como con diversos grupos de amigos tanto locales como extranjeros. Cabe destacar la reunión en un par de ocasiones con los compis de la embajada brasileña, la cual resultó muy amena a la vez que divertida, y en la que tuvimos la ocasión de compartir cena en un restaurante tradicional.

Aunque muchos no lo crean, Teherán no tiene nada que envidar a cualquier otra ciudad europea en cuanto al disfrute del tiempo de ocio se refiere. Son múltiples y variadas las actividades que se pueden realizar, y a un precio bastante más económico que en España. Desde jugar a los bolos, esquiar, paintball, rutas de senderismo, hasta echar una carrera de karts, comer en un japonés o ir al cine, por mencionar algunas de ellas.

Otro de los grandes atractivos de la ciudad es la Torre Milad, con sus más de 400 metros, preside la ciudad y desde el mirador se pueden contemplar unas vistas maravillosas de la gran urbe de Teherán. Muy recomendable visitarla, aunque debido a la contaminación, hay que saber elegir el día idóneo para así poder apreciar toda la ciudad. En ese sentido, nosotros tuvimos suerte, ya que el día anterior estuvo lloviendo y ayudó a limpiar un poco el ambiente.

Finalmente llegó el jueves, y esa noche era la fiesta de despedida para mis tres compañeros anfitriones. Honestamente, reconozco que una sensación de incertidumbre me recorría acerca de cómo se desarrollaría una fiesta en Irán. Como ya sabéis, el alcohol está prohibido y no existen discotecas o bares de copas. Así pues, las fiestas son siempre privadas y de puertas para dentro. A las 8 pm ya estaba todo preparado y, como fiesta española, no podía faltar el jamón, tortilla de patatas y, por supuesto, música española. ¡Cómo olvidar a los iraníes bailando la Macarena! ¡Hilarious! Aunque lo que realmente me impactó fue ver el antes y el después de las chicas al llegar a la fiesta. Al llegar al piso y pasar por la habitación para quitarse el abrigo, así como el velo islámico, hiyab, de uso obligatorio en la vía pública, ¡no podía dar crédito! Estaba asistiendo a un programa de “lluvia de estrellas en directo”, solo echaba en falta a Bertín Osborne. Los modelitos que lucían no tenían nada que envidiar a los que existen en cualquier fiesta europea. Y, por cierto, jamón ibérico no sobró nada, y juro que no me lo comí todo yo.

Bromas aparte, la fiesta discurrió en un ambiente distendido y tuve la oportunidad de conocer a gente nueva, así como reunirme con otros amigos que ya había tenido la oportunidad de conocer durante la semana. A eso de las 3 am la fiesta tocaba a su fin.

El amanecer del día siguiente fue algo peor que la fiesta, aunque claro, si se ameniza con un brunch al más puro estilo americano, todo se hace más fácil. Prefiero no saber las calorías que nos metimos para el cuerpo, pero lo rico que estuvo y lo bien que nos sentó lo vale.

El sábado se nos echó encima, el viaje estaba llegando a su fin. Ante la imposibilidad de ir a esquiar debido a las condiciones meteorológicas adversas, decidimos ir a hacer un poco de senderismo. Son muchas las rutas que se pueden realizar por los alrededores de la capital. Decidimos ir a Tochal, ya que era la más cercana y no teníamos mucho tiempo. El día era soleado aunque algo ventoso, así que nos dispusimos a caminar hasta el telecabina, y de allí hasta arriba.  Al llegar al telecabina, ¡Sorpresa! ¡Está cerrado por labores de mantenimiento y debido al viento! Ante esta situación, decidimos caminar un poco hacia arriba para poder disfrutar de las vistas y echar algunas fotos, aunque no pudimos ni por asomo acercarnos a la cima, situada a casi 4000 metros de altura. Sin duda, lo mejor de la jornada de trekking  fueron las lentejas y la sopa típica que nos comimos para recuperar fuerzas.

Y como todo lo que comienza acaba, mi viaje estaba ya llegando a su fin. Tras una última cena de despedida con los amigos brasileños y con Mani, un amigo iraní de Qujote Persa, me dispuse a empaquetar la maleta para volver a España. Tras solo dos horas de sueño, a las 4 am el taxi estaba esperando para llevarme al aeropuerto, acompañado por Quijote Persa. Tras alcanzarlo, con accidente incluido, pero sin ninguna consecuencia, último abrazo de despedida y vuelta para España.

No me gustaría acabar sin antes dedicar unas palabras a los que han sido mis compañeros de aventuras durante estos días, y que sin ellos esto hubiese sido completamente distinto. Es por eso que quiero aprovechar estas líneas para hacer una mención especial  a aghaye Manu y Sergio, que han hecho de mi estancia en Irán toda una experiencia única. Mención aparte a Quijote Persa, mi hermano, sí, que aun sabiendo que no estaba atravesando sus mejores días y, con un sentimiento encontrado de tristeza por dejar Irán pero a la vez necesidad de volver a España, ha hecho de mi estancia en Irán una experiencia inolvidable, además de darme la oportunidad de descubrir un país desconocido y con muchos prejuicios a sus espaldas.

2013-12-15 04.55.00

Para terminar, solo he de decir que mi experiencia en Irán ha sido muy buena y satisfactoria y que para nada he tenido en ningún momento sensación alguna de miedo o peligro, no he visto a ningún terrorista y no he necesitado guardaespaldas. La actitud de la gente hacia mí como extranjero ha sido fantástica, muy cálida y hospitalaria. Ésta es mi humilde opinión y desde mi experiencia de unos siete días en Teherán e Isfahán. Me gustaría invitar a todo aquel que lo esté pensando, a visitar este país y de esta forma enterrar todos esos prejuicios que lo sacuden, y que en la mayoría de las ocasiones no son ciertos.

Eduardo Tajuelo

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